Arkuek en el Aralar, el anfiteatro mágico de Basajaun, capítulo 2

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Leizaola y Lizarralde & Millán, geografía e historia, etnografía y prospección

El prospector bizkaitarra José Sarachaga Sainz en 1976 presenta a la revista Kobie la descripción de 3 chabolas cupulares en arenisca del lugar en el monte Oiz, un paraje que en tiempos pasados fue una inmensa cantera de piedras de molino, de «piedras moleras». Sarachaga en su breve escrito, de las cupulares del Aralar sólo comenta que las hay. Se volverá a citar estas chabolas en el siguiente capítulo.

Chabola cupular en la ladera sur del monte Oiz en Bizkaia

Tendrá que pasar más de medio siglo desde que Aranzadi publica el estudio de los arkuek de Mugardi hasta que el etnógrafo Fermín Leizaola en un trabajo homenaje al lingüista oiartzuarra Manuel Lekuona los cita en «Algunas consideraciones sobre las construcciones de falsa cúpula en Euskalerria», Kardaberaz Bazkuna, 1977, estudio publicado también en 1979 en la revista Pyrenaica nº 115.

El trabajo de Leizaola sobre las chabolas cupulares en Euskalerria es generalista, presentado con solvencia y originalidad bajo el prisma de la especial geografía del país. Distingue con claridad la Vasconia mediterráneo-continental, de la Euskalerria de la franja norte de influencia climática eurosiberiana, aportando un mapa de localizaciones. Al norte de la divisoria de aguas son escasas las chabolas cupulares, asociadas a majadas pastoriles, hacia el sur abundantes, en viñedos, olivares, etc., asociadas a labores agrícolas, hay cientos sólo en Rioja Alavesa. En la franja sur Leizaola distingue además 2 zonas, muy abundantes en Rioja Alavesa propiamente dicha y más escasas en número y «de fábrica menos depurada» en la Navarra Media, Tierra Estella/Lizarrraldea, Baldorba y Ribera del Ebro.

Cabaña Redonda cupular en el Alto de la Guindilla, Tafalla, Navarra

En arquitectura rural no es relevante generalizar que las construcciones de una zona con respecto a otra sean de fábrica menos depurada, de obra menos pura o refinada. En Baldorba por ejemplo hay cupulares de fábrica muy depurada, que diría D. Fermín, aunque la realidad es que, en el ámbito rural, las construcciones no son de fábrica, están hechas a sentimiento, con alma de alarife[1], sin documentos que puedan asegurar el quién y cuándo, pero el cómo, por suerte es transparente.

Resulta discordante que Leizaola afirme que en Rioja Alavesa las cupulares son la mayoría circulares en su base, y en cambio en la Navarra Media, «de fábrica menos depurada», abunden las cuadradas y rectangulares, cuando en estas últimas el cierre superior de la construcción obliga al uso de pechinas[2] en los ángulos rectos para comenzar el cierre en falsa cúpula, lo que supone un conocimiento más avanzado de construcción que la relativa sencillez del alzado en las cupulares de base circular.

Barraca cupular restaurada Jaume de la Cota, Montroig del Camp, Baix Camp, Tarragona

«Las cabañas no son de medidas exactas, sino hechas a sentimiento o bien adaptándose a las posibilidades que ofrece el terreno» Afirma Agustí Bernat i Constanti[3] , hablamos de construcciones auxiliares, alejadas de la residencia habitual del que las utiliza, muchas veces en dominio público donde se invierte lo justo en aquello que nunca se podrá tener en propiedad, cada cupular distinta a las demás y la técnica, pragmática, sin cambios desde hace milenios. No tiene mucho sentido ni aporta información alguna afirmar que las cupulares de Rioja Alavesa sean de fábrica menos depurada que las del Baix Camp tarraconense, o que éstas últimas sean menos depuradas que las cupulares de la Provenza-Alpes-Costa Azul francesa.

Si nos quedamos en la corteza sin profundizar en la miga, el análisis que hagamos de cualquier grupo de chabolas cupulares será además de incompleto, erróneo, transitamos desde la etnografía y etnología, hasta la antropología, que requiere un análisis más complejo, y en última instancia siempre deberá estar presente la arquitectura rural. En el capítulo anterior ya se sugiere cuál debe ser la orientación de la investigación, «la arquitectura rural nos habla de la presencia humana y de su actividad económica, quedando matices de la sociedad a la que correspondan[4]» y obviamos algunos matices fundamentales.

Leizaola en este trabajo comunica el descubrimiento en Aralar de 2 arkuek en Domingosare, en el monte Intxausti, otro en la base del monte Txemiñe y los fantásticos adosados 3 en 1 cerca de la base del Tutturre, 3 cúpulas con 2 puertas interiores y sólo una al exterior en la cúpula central. D. Fermín subraya que esa única puerta de entrada es reducidísima en tamaño. En la mayoría de los chozos cupulares la preocupación y el mayor costo es precisamente el de la puerta, aunque la explicación del pequeño tamaño puede ser tan sencilla como la propuesta por Juan Ramírez Piqueras y Jose Antonio Ramón Burillo[5], se hace así para impedir la entrada de animales.

Arkuek adosados en Brinkatezulo

Otro apunte de Leizaola sobre el adosado 3 en 1 de Brinkatezulo, que precisa aclaración, «… el espesor de los muros llega a ser de 1 metro, el diámetro interior de 2.50 a 3 metros y parecida es la altura hasta la “clave”. La «clave» es la última piedra de remate que se coloca al cerrar la cúpula de un chozo y suele colocarse con la intención de poder retirarla sin dificultad para que el hueco cumpla la función de chimenea o bien taparla en caso de lluvia. Cada cúpula del arkue de Brinkatezulo, y en todas las del Aralar no se hace uso de «piedra clave». En los arkuek encima del cierre de la cúpula se coloca una ligera capa de tierra que con el tiempo se tapizará de hierba. Es una especie de txapela o boina característica de los arkuek del Aralar, que protege la construcción, estabiliza la zona de muro más delicada y con menor espesor, amplifica el efecto cueva de la estructura y reduce la humedad interior.

Narra Leizaola, «Según informaciones que hemos podido recoger de labios de pastores el destino que se les daba a estos refugios era el de guardar a los corderos durante la noche y si eran muy jóvenes también durante el día para protegerlos de los lobos que en otro tiempo fueron tan abundantes en nuestras montañas», este importante testimonio etnográfico, va a ser a partir de ahora crucial en el diagnóstico de los arkuek, y el de Leizaola no modifica el de Aranzadi, son «apriscos recientes para guardar ovejas».

Los 2 grandes arkuek de Argaineta

Un último detalle por ahora de estos arkuek adosados de Brinkatezulo, son los únicos del Aralar que cada cúpula a ras de suelo tiene construido a detalle una aguadera, un pequeño hueco de tamaño similar a una gatera, para que durante el deshielo en primavera no se inunde el interior. Prever este complemento desde la primera hilera de piedras de la construcción muestra una clara intencionalidad de algún tipo de almacenamiento que proteger de una posible inundación, materiales acumulados cuando se abandona el refugio al llegar el invierno, para que estén disponibles en el primer viaje a la majada en primavera, traslados que se hacían sin los modernos vehículos y accesos de los que hoy se dispone.

Leizaola finaliza su estudio analizando las cupulares de Urbasa y Andia, en Navarra, mencionando las de Oiz en Bizkaia y también la chabola cupular de Gabirondo en Gaztelu, Gipuzkoa, construida por Timoteo Gabirondo en 1951. El cuadro anexo que presenta Leizaola sobre los tipos de construcciones de falsa cúpula en Euskalerria es bello y significativo.

Cuadro de Fermin Leizaola de tipología de las txabolas cupulares en Euskalerria

Sólo 5 años después del estudio de Leizaola, en 1982 y editado por la Federación Vasca de Montañismo, Arantxa Lizarralde y Luis Millán, ambos alma mater del grupo de prospección megalítica Hilharriak, publican un excelente y extenso estudio también generalista, «La Sierra de Aralar», en donde analizan la historia de la Sierra, sus mitos y leyendas, su geología, geografía, pueblos, ermitas, megalitos, flora, fauna, majadas, fuentes, toponimia, planos y otras mil y una historias. Una publicación esencial para adentrarse en el carácter de la sierra, una visión global y asequible de todas las ciencias aplicables al estudio de la sierra e imprescindible en cualquier investigación sobre Aralar.

El apartado dedicado a los arkuek es breve pero muy interesante y concluye el capítulo dedicado a las majadas de la sierra. En todo momento para Lizarralde y Millán las cupulares de Aralar son los «arkuek», y partir de este momento así se les va a llamar en muchas otras publicaciones, artículos, prensa, etc., los «arkuek».

Arku, arkua, arkuk, arkuak, arkuta, arkupe, que hasta ahora habían señalado Aranzadi y Leizaola como nombres que los pastores daban a las cupulares del Aralar, y ahora ¿arkuek? Los nombres vernáculos que en la península ibérica se dan a las chabolas cupulares son muchos y muy variados: chozo, cuco, cubo, cubillo, bombo, tambor, cupurucho, cupuruchete, barraca, cocom, zahurda, zahurdón, cultie, corro, braña, cabaña, casilla, cacherulo, pajero, bujio, bohío, bovía, pocilga, furda, torruca, caracola, chinforrera, mono, cotarro, moira, cueva de piedra, etc.

Como indica Antonino Gonzalez Blanco[6], «En cada región han recibido un nombre adecuado a la idiosincrasia de cada lugar pero que todos coinciden de alguna manera a ser nombres descriptivos y ser nombres cariñosos para definir objetos de poca importancia». En Aralar está claro que se les da el nombre de «arco», arku en euskera. Éste sólo es un debate de idioma, la k final en la palabra es indicativo de sujeto o de plural, «arkuek» en euskera es una palabra que existe cuando el sujeto «arku» es plural y la oración tiene complemento directo e indirecto. La palabra «arkue» en cambio no existe en el diccionario de Euskaltzaindia, y personalmente me encanta, porque en algunos lugares en lenguaje coloquial en euskera es común añadir una e final a cualquier palabra usando un tono interrogativo como expresión de duda, para responder así a modo de pregunta, y recalcar que no se entiende de lo que se le está hablando. Y con los arkuek pasa algo de esto, hay demasiados indicios de que algo no cuadra en la «versión oficial» hay algo que no se entiende del todo bien.

Arkuek adosados en Trinketetsulo, al fondo Tutturre

Lizarralde & Millán afirman, «El gran etnólogo D. J. M. Barandiarán, que las visitó a finales de la década de los años 70, opina que, debido a la forma de construcción y situación, estas viviendas aparte de haber servido de albergue a los habitantes de la sierra, han debido ser construidas varios siglos antes de lo que hasta ahora se suponía. Esta opinión es compartida por diferentes personas, grandes conocedores de la sierra».

Respecto a este pequeño pero jugoso comentario de Barandiarán, hay que aclarar por ahora que «por la forma de construcción», es decir por la combinación de la milenaria técnica de la piedra seca con el cierre superior en falsa cúpula, ello no es indicativo de que una construcción sea muy antigua, cuando miles y miles de estas estructuras con esta técnica y forma están bien documentadas su construcción en el S XX. Incluso ahora mismo mientras estás leyendo esto, seguro que habrá algún lugar en la tierra en el que se esté levantando alguna chabola cupular en piedra seca. Pero es muy significativo que un personaje como Barandiarán, gran experto que había estudiado en profundidad las chabolas de pastor en toda Euskalerria afirme con rotundidad que han tenido que ser utilizadas como albergue a los habitantes de la sierra.

Lizarralde & Millán aportan en su escrito información hasta ahora no divulgada de los 2 fantásticos arkuek gemelos de Argaineta y alguno más, y terminan de esta forma: «Sería muy interesante que se hiciesen unos estudios y excavaciones en estos lugares con el fin de poder saber el motivo por el que fueron edificadas» La arqueología actual no tiene interés alguno en este tipo de construcciones relativamente recientes, incompresiblemente hasta les cuesta trabajar en espacios medievales. Sería muy interesante hacer algún tipo de excavación en el entorno de los arkuek, pero no en el interior encanchado como intentó Aranzadi, sino en aquellas zonas cercanas que se utilizarían como vertedero.

A partir de este momento, convivirán sin problemas 2 tendencias distintas en la interpretación de los arkuek, la expresada por Aranzadi y Leizaola y las dudas razonables de Lizarralde, Millán y Barandiarán. Esta ambivalencia de posiciones es lo que provoca sobre todo cuando salen en prensa casi siempre como una serpiente de verano, ese aire de misterio y enigma que rodea a las cupulares del Aralar, de que algo no cuadra, de que falta algún dato esencial para interpretarlos correctamente, y no es así, la arquitectura rural es transparente.

El motivo por el que se construyeron los arkuek es bastante claro pero nadie ha dado todavía en la diana, vayamos por orden, en el próximo capítulo se analizarán las aventuras de un etnógrafo donostiarra en Albacete, Antxon Agirre Sorondo, un paso ordenado más para entender el «para qué», «quién» y «cuándo».


[1] Maestro artesano de obra

[2] elemento estructural que resuelve el encuentro entre la base circular de una cúpula y un espacio inferior de planta cuadrada

[3] Barracas en el Alt Camp, Tarragona 2001

[4] María Pía Timón Tiemblo (2001)

[5] Arquitectura Rural. Piedra seca en la Mancha de Albacete (2001)

[6] Aproximación al catálogo en las distintas áreas de España, por Antonino González Blanco. Catedrático de Historia Antigua. Universidad de Murcia 2001

2 thoughts on “Arkuek en el Aralar, el anfiteatro mágico de Basajaun, capítulo 2

  1. Un interesante artículo sobre los Arkuek que como bien se describe
    son un auténtico misterio, aunque quizás no sea tan difícil de soluciónar.

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