El txantxangorri, crónica de un atardecer y dos libros

Decae feroz la tarde junto a un muro en piedra seca medio roto. Es un buen lugar para acechar y saludar al txantxangorri, allí donde le gusta dejarse ver cuando le conviene, sobre todo si hace frío, ¿por qué le llamamos petirrojo si es naranja?, ¿por qué se dice del txantxangorri que tiene mal carácter?, ¿por qué en invierno se ven más petirrojos que en verano? Para encontrar respuestas llevo dos libros que harán más tolerable la espera ante el muro de piedra e inspirarán estos apuntes de campo.

El primero de título «El ingenio de los pájaros» de Jennifer Ackerman es un xaxu, una delicia apta para todo tipo de lector, también para aquél que tiene la cabeza llena de pájaros, para el que es un cabeza de chorlito o para el que se pasa todo el día haciendo el ganso. Ackerman preludia demostrando que las aves son capaces de revisar el pasado para anticiparse al futuro, rutina imprescindible que a menudo incluso nosotros mismos olvidamos.

Ackerman también nos cuenta que un experimento con petirrojos en la década de los sesenta del siglo pasado fue determinante para establecer que todas las aves migratorias son capaces de leer e interpretar las ondas magnéticas de la tierra y que esta información es más relevante para sus largos viajes que la que obtienen del paisaje, la órbita del sol, la luna o las estrellas, pero ¿es migratorio el txantxangorri?

Aunque los que vemos en nuestros valles se consideran residentes fijos y no migratorios, esto no es del todo cierto. Las poblaciones del norte de Europa migran hacia el sur, nos visitan y son capaces de llegar incluso hasta el Magreb. También muchas poblaciones autóctonas migran de la misma forma que hacen los pastores con la oveja latxa, en invierno bajan al valle y el verano lo pasan en altura a lo grande, son sus vacaciones y la única época del año que no cantan. Por eso vemos más petirrojos cuando arrecia el invierno, aunque por el cambio climático se evidencia que cada vez migran menos.

No por bien comido suele verse al petirrojo en invierno gordito y rechoncho, ahuecando las plumas como si fuera una capa térmica más de protección para mantener una temperatura corporal llevadera. La paradoja del color rojo o naranja aunque parezca mentira surge de una cuestión botánica. Hasta el S XVI a todo lo que era de color naranja se le decía rojo. El cambio llegó con la introducción en Europa desde el sudeste asiático de la naranja dulce, por aquí sólo se conocía la amarga y el valor de la exótica variedad comestible añadió un color nuevo a la escala cromática oficial. El veterano txantxangorri ya tenía nombre antes de la introducción de la naranja nueva.

El segundo libro, éste en euskera, es «Harrizko pareta erdiurratuak» de Patziku Perurena una colección de viejas y bellas metáforas donde el goizuetarra/leitzarra dedica un excelente capítulo al filantropismo del txantxangorri. Perurena en su escrito propone un sincero retrato social y cultural con la interpretación que diversos personajes hacen del txantxangorri, Zapirain, Azurmendi, Azkue, Atano, Emeterio Arrese, Lasarte, Atxaga, Pello Zabala, Lekuona, Elosegi y como no, la poesía musical de Itoiz y su «Hegal egiten» componen un popurrí en el que política, religión y etnografía reproducen con amabilidad una dura época.

Fotografía Iñaki Gaztelu

El comportamiento agresivo o provocador que a menudo muestra el txantxangorri, no es cuestión de nobleza u honradez. La cuestión es supervivencia, un profundo apego al territorio y nuestro inevitable punto de vista antropomórfico que suele distorsionar la interpretación de cualquier evento o avistamiento. 

La noche ha superado ya el ocaso y desde el muro de piedra medio roto aún se oye el rítmico canto del txantxangorri. Quiero pensar que se muestra confiado porque aquí ha sido y es respetado. En Europa central el petirrojo es más esquivo ya que es posible que acabe salteado en cualquier plato hondo o llano, como le sucede aquí al zorzal.

El txantxangorri, heredero genético de los últimos dinosaurios, aún conserva con espontaneidad cierto aire reptiliano del que procede, pero también ha desarrollado la crucial e innovadora curiosidad de los mamíferos, como una ardilla que sin exponerse demasiado vigila atenta los innumerables peligros que le rodean. Antes del amanecer volverá a cantar, en horarios naturales.

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