EL VIEJO AMIGO TEJO

Las últimas luces de la tarde se colaban entre la impresionante cúpula de hojas que creaban los cientos de árboles del bosque. Hayas, robles, tejos, acebos, fresnos, castaños,…una sinfonía de color impactante, armoniosa y sobre todo profundamente bella, acompañaba al caminante solitario. Avanzaba decidido, despacio subiendo la pronunciada cuesta, sin prisa, como la naturaleza, nada tiene prisa en la naturaleza. En su vagabundear, se topaba con otros caminantes que descendían y le miraban sorprendidos, alguno incluso se atrevía a decirle que ya iba tarde, que se diera la vuelta, que se le haría de noche, y que el bosque de noche es peligroso Como si eso le importara, no tenían ni idea, ¡peligroso el bosque!!!!!, peligrosas eran las ciudades, las pantallas secuestradoras de nuestro criterio, que te hipnotizan, sin darte la posibilidad de disfrutar de lo que realmente importa. 

Belleza

El seguía con su caminar, ajeno a todo ese mundo desbocado que se abría ahí afuera, él se sentía en su casa, en su bosque. Cuando prácticamente la noche ocultaba el entorno alcanzó su objetivo, sudoroso, se abrazó a su árbol mágico, feliz, pletórico.

–         Hola viejo amigo, ¿Cómo estas?

El añejo tejo, se sintió feliz, hacía muchas lunas que este humano no paraba por allí, y le echaba de menos, siempre le trataba con mucho cariño, y eso le encantaba. Llegaba siempre despacio en ocasiones solo, en ocasiones acompañado de otros humanos a los que enseñaba a respetarle y admirarle. Permanecía allí un ratito, y luego se marchaba por donde había llegado.

–         Debe de ser un hombre feliz – solía pensar el tejo, le encantaba aquel humano.

El caminante había acudido a su rinconcito junto a su viejo amigo, con la intención de pasar la noche junto a él, era algo que hacia tiempo le rondaba por la cabeza, y ese día era un buen momento. Saco su saco de dormir y su colchoneta y se acurrucó junto al tronco del viejo tejo, los sonidos del bosque se escuchaba de forma hipnótica, nada rompía su armonía telúrica, todo tenía su lugar, su espacio, los habitantes del bosque diurnos se iban a dormir, y los nocturnos comenzaban su afanosa jornada. Poco a poco fue quedándose dormido.

EL TEJO TE OBSERVA

Los primeros rayos de sol del amanecer acariciaron el rostro del caminante, despacio se fue despertando de su profundo y reparador sueño, desperezándose de la calidez de su saco. Se levantó y dejó que la bruma, que subía desde el valle enredándose en los árboles, bailando con ellos su ancestral danza, le imbuyera de una inusitada energía.

Permaneció así un largo rato, luego recogió su escaso campamento, y se quedó contemplando a su amigo, el viejo tejo.

–         Gracias, viejo amigo- le dijo, y le dio un sentido y prolongado abrazo.

El tejo sonrió a su forma, y a su forma le respondió desde lo más profundo de su corazón de madera:

–         Gracias a Ti, querido amigo, te mereces el regalo que te otorgo, espero que regreses pronto.

El caminante re emprendió su camino de regreso, por el bosque, no sin antes lanzar una mirada desde la lejanía al tejo a su tejo, que quedaba en su feudo de Beorbarruti. Mientras descendía pausadamente por el bosque, un bienestar inundaba su alma errante, sentía intensamente cada paso de sus gastadas botas sobre la hojarasca. Así atravesó el hayedo, llego al hermoso paraje de la falla de Aizkortekoaitza, estaba impresionante, el caminante se paraba en cada uno de los mil detalles, de los innumerables rinconcitos del paraje, del camino, de las piedras, de las plantas, de los árboles, pareciese que nunca hubiera pasado por este paraje por el que había caminado infinidad de veces, pero hoy todo adquiría otra dimensión. Todo parecía nuevo, o realmente el nuevo era él.

FALLA DE AIZKORTEKOAITZA

Llegó hasta el mirador de Burnigurutze, desde donde se realizaban antiguos conjuros preventivos de las tormentas, y se sentó, el panorama le sobrecogió profundamente, los valles y bosques se abrían a sus pies, las montañas cerraban el horizonte, y allí a lo lejos, la mar, el magnético océano, susurrándole sus insondables misterios, le pareció sublime. Entonces lo comprendió:

–         Ya lo entiendo viejo amigo – se dijo, mientras lanzaba una mirada a lo alto del bosque, allí donde estaba su árbol – me has regalado la magia del tejo, el hechizo del bosque, el disfrute de cada segundo, de cada momento, me has hecho comprender el sentido de la vida, ahora sé que yo también soy bosque.

El caminante recogió sus bártulos y continuó su camino, despacio, sintiendo cada paso, profundamente feliz.

TEJO DE BEORBARRUTI

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2 Respuestas

  1. Ignacio dice:

    Aveces tras leer algo, uno se siente mejor que antes. Hoy es uno de esos días.

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