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Los viejos caminos de la montaña, guardan los secretos de la ancestral cultura de los pueblos. Caminos sabios, recios, bellos, trazados por aquellos primeros moradores de nuestras montañas, que transhumaban con sus rebaños de ovejas buscando los mejores pastos. Durante la época de más calor, subían a las praderas de altura de sierras como Aralar, Aitzkorri, Entzia, Iratí,…, cuando el frío comenzaba a asomar, descendían buscando el calor de los valles, más templados, dejando las montañas, a solas consigo mismas.
Para ello utilizaron, rutas, que buscaban la forma ideal, más segura e inteligente de subir y bajar de aquellas sierras. Fruto de esta vieja cultura trashumante, encontramos hermosas muestras en forma de monumentos megalíticos, que aún hoy podemos contemplar. Monumentos cargados de historia, que nos hablan de un tiempo que se fue, de una manera de vivir y de entender la vida, quienes siguieron a aquellos pastores neolíticos, sintieron el misterio de estos monumentos, otorgándoles esa especial esencia mítica, y vinculándolos a algunas de sus deidades.


Hoy os invito a acompañarme a un vallecito escondido al abrigo de preciosas montañas calizas, en uno de los parajes más sugerentes de la maravillosa sierra de Aralar. Un lugar un tanto apartado, que ofrece la posibilidad de disfrutar de toda la magia telúrica de esta montaña sin par, de sus viejas leyendas, de sus bosques de belleza magnética.
Nos vamos al valle de Ata, ubicado en las estribaciones orientales de la sierra, un pequeño vallecito que se encajona al abrigo de hermosas montañas, colgado a casi 1.000 metros de altitud. Hacia el N., los picos de Akier, Eguerdimuño, Elorrigañe o Hirumuga cierran el horizonte, hacia el S., dos cotas conocidas como Sollaundi y Soiltxiki, custodian el valle desde sus atalayas rocosas de caliza y hayas. En su extremo W., el mítico Santuario de San Miguel de Aralar, al cobijo del pico Artxueta, cierran esta pequeña cubeta donde se asienta el valle de Ata. Allí, en el corazón de la pequeña vaguada de Ata, es donde se esconde un pequeño menhir hincado en el suelo, una pequeña piedra que guarda la esencia de nuestra vieja mitología, a la espera de que nos acerquemos, a sus encantos para susurrarnos delicadamente sus viejas leyendas. El menhir de Erroldan Arriya, su nombre nos habla del mítico Roldán, personaje histórico que pasó a formar parte de nuestra tradición, dentro del ciclo mitológico de los gigantes y constructores, al igual que sucede con Sansón.


Roldán, también conocido como Errolan, Roland u Orlando, fue un comandante de los francos, pueblo germánico que llego a dominar un vasto territorio en Europa, y sobrino del Emperador Carlomagno. Vinculado históricamente a la batalla de Roncesvalles, donde fue muerto por los vascones, el 15 de agosto del 778. Su vida pasó a ser leyenda literaria, formando parte de la llamada Materia de Francia, conocida también como ciclo carolingio, se trata de un conjunto de leyendas que componen las conocidas como canciones de gesta, en la literatura medieval francesa.


Sus hazañas se narran en el conocido como Cantar de Roldan, poema épico, escrito aproximadamente en torno a los años 1086 y 1104, en el que el héroe, aparece dotado de un cuerno y de su espada Durandarte. Este poema, corrió por toda Europa, adquiriendo gran éxito, también lo hizo por el Camino de Santiago, autentica autopista cultural de la época, llegando a tierras navarras, e iniciando, probablemente, una simbiosis entre el mito y la historia, siendo paulatinamente asumido por las creencias mitológicas de las gentes de estas tierras.
Las viejas leyendas cuentan que fue este gigante mitológico quien colocó, de forma involuntaria, el menhir en su actual ubicación, con una leyenda recopilada por Barandiarán, que se repite a lo largo de nuestra tradición, en diferentes versiones:

“En el bucólico vallecito de Ata, en plena sierra de Aralar, se esconde un menhir conocido como Erroldan-Arriya. Se dice que lo arrojó el gigante Roldán desde el Santuario de San Miguel in Excelsis, con intención de destruir el pueblo de Madoz, pero erró en el lanzamiento y la piedra quedó en donde hoy la vemos. Dicen, así mismo, que tiene marcada en una de sus caras, los dedos del gigante.”

 

Los menhires son unos monumentos megalíticos, consistentes en una piedra que labrada o no, se hincaba en el suelo con una parte enterrada para mantenerlo en pie. Su nombre proviene del idioma bretón “maen” (piedra) e “hir” (larga). Son variados en su decoración, algunos presentan tallas simbólicas, o formas antropomorfas, algunos se presentan en solitario o formando grupos o alineamientos. Su significado no esta muy claro, y se dan en el área europea desde Rusia a Portugal y desde los países nórdicos a los mediterráneo, pero también en Japón, Mongolia, Australia o la Polinesia.
El menhir de nuestra historia, fue descubierto en el año 1894 por el historiador Juan Iturralde y Suit, ostenta el título de primer menhir descubierto en Navarra, el propio Iturralde y Suit lo excavó en 1895. Tiene una altura de 1.10 metros, por 60 cm de anchura máxima, pero la piedra esconde bajo tierra 2 metros más de longitud, por lo que su tamaño total sería de 3.10 metros. Queda en el misterio por qué estos hombres prehistóricos clavaron tanta porción de menhir en tierra, algo que no es realmente necesario para que el megalito se quedara de pie, misterios de nuestros viejos montes. La piedra se halla en una vieja ruta de paso neolítica, y de acceso al templo de San Miguel in Excelsis, lugar donde se debió de situar un lugar de culto pagano, posiblemente un dolmen. Las marcas incisas en una de sus caras, que según la leyenda serían los dedos del gigante, pudieran ser, si hacemos caso a una teoría, marcas de pulido de herramientas utilizado por el hombre prehistórico, algo altamente improbable, por la profusión de piedras alrededor del megalito, sin necesidad de utilizar una piedra sagrada para tal fin. Hay autores que ven en la orientación del menhir una clara intencionalidad, ya que su parte más aguda señalaría al oeste, y hacia el templo de San Miguel, misterios de nuestra vieja cultura.
Ata sigue en su feudo de armonía, paz y belleza, cobijando bajo la protección atávica de la montaña el antiquísimo menhir, guardián de viejas creencias. Pronto acudiremos de nuevo a sentir nosotros también esa atávica protección.

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