MENDIKUTE. COMPENDIO MITOLÓGICO

Woman in the magic forest.

Autor: Aitor Ventureira

Una hermosa montaña, se acurruca al abrigo del macizo de Ernio, en pleno corazón del territorio gipuzkoano. Una cumbre, que ha menudo pasa desapercibida, un tanto eclipsada por el gigante que la cobija, que, sin embargo, atesora entre sus mágicas calizas, un auténtico compendio de belleza ancestral. Paisajes infinitos, donde perdernos; bosques misteriosos abrazados por la bruma; praderas magnéticas, a las que difícilmente pueden resistirse nuestros pasos errantes de hojarasca y viento; viejos senderos caminados desde tiempos inmemoriales; misteriosas cavernas horadadas por la enigmática calma de los siglos; una dilatada historia, profunda como sus barrancas; y como, no podía ser de otra manera, una impresionante mitología. Sumerjámonos en los encantos de Mendikute:

MARI, MORADORA DE MENDIKUTE

Y que mejor forma de empezar nuestro vagar por estos parajes, que de la mano de la principal diosa del Olimpo mitológico de la vieja cultura vasca, la diosa Mari. Porque, entre otras muchas moradas a lo largo y ancho de nuestra geografía, la diosa tiene una de ellas en Mendikute, concretamente en una pequeña, pero bella cueva que se abre en un rinconcito de la montaña. Pero, antes de seguir caminando, conozcamos un poco más a esta diosa.

Las viejas leyendas, nos presentan a Mari, como una hermosa dama ataviada con elegantes ropajes y largos cabellos, profundamente temida y respetada. El propio nombre de la diosa, es un misterio, sobre el que hay varias teorías:

. Vinculado con voces euskerikas como “Amaru, Amanu o Amu”, cuyo significado hace referencia a las tierras de aluvión. 

. Derivado del término Amari, (Ama-ari, ser madre)

. Derivado del término Emari (Eman-ari, regalo). 

. Vinculado con María, que nos insinúa un claro intento cristianizador del mito.

. Derivado de Mairi, Maide o Maindi, los primeros son genios constructores de dólmenes, los segundos de cromlechs y los terceros son almas de los antepasados que visitan sus antiguos hogares.

Muchos de los arcaicos mitos de nuestro olimpo particular, hunden sus raíces en lo más profundo de los tiempos. En el caso de Mari, es posible que sea una de las creencias más antiguas de los vascos, y nos lleve directamente a las viejas culturas de los pastores neolíticos. Se podría tratar, por tanto, de la personificación de un antiquísimo culto a la Madre Tierra, la Ama Lurra, que pudo tener su reflejo en el culto que nuestros antepasados ejercieron hacia las montañas sagradas, y hacia la propia Tierra.

Las viejas piedras

Quizás sea por ello, por lo que la diosa tiene diversas moradas a lo largo y ancho de la tierra de los vascos, que se localizan, siempre en una cueva, lo que haría clara referencia al útero materno, plasmando la enorme importancia de lo femenino en la cultura tradicional. Mari está íntimamente ligada a otros dioses de las mitologías del mundo, por ejemplo, el Zeus griego, que es el padre de todos los dioses y hombres, él gobierna el Olimpo mitológico. En Roma encontramos con atributos similares a Júpiter, Amón en la mitología egipcia, Tinia en la etrusca, o Diaus Pitar en la religión hinduista. Tiene en común con estas deidades el impartir justicia y dominar los fenómenos naturales. Otras teorías la vinculan con las diosas de la fertilidad, como sería la griega Gea, personificación de la Tierra, y con su equivalente romano Terra, vinculada a ellas por su capacidad de premiar.

Estamos por tanto, en compañía de la representación tangible del antiquísimo culto a la Ama Lurra, que tan importante fue para nuestros ancestros, impresionante, ¿verdad?

Pero sepamos más de ella, Mari es la dominadora de los elementos de la naturaleza, genera tormentas que hace brotar de diferentes simas, como la de Maimur a decir de relatos de Leitza, o de una cueva de Aralar, o de la caverna de Aketegi, entre otras. Se han llegado a realizar misas con el fin de alejar estas tormentas, en una impresionante simbiosis de creencias. También condiciona el clima según este en una morada o en otra: en Oñate, creen que cuando la diosa se encuentra en Anboto llueve mucho, pero cuando se encuentra en Aloña, hay una intensa sequía. Es la dominadora del fuego y aparece, a menudo, en forma de este. Además, domina el agua, haciendo brotar fuentes y manantiales. Adquiere diversas representaciones, muchas de ellas en forma de animal, muchos de ellos están a su servicio, por ejemplo, aker, beigorri, zezengorri, zaldi,…, dominando así el reino animal.

Pero Mari, también tiene la facultad de premiar o de castigar, premia a quien la respeta, pero castiga, o más bien imparte justicia, que no castigos, a quien la niega. La forma de impartir justicia que emplea la dama, es realmente curiosa, se basa en la regla del no, por la cual, cuando un humano niega a la diosa que tiene algo concreto aún poseyéndolo, está se lo arrebata, de manera, que ciertamente, el humano ya no lo tiene. Castiga así mismo el orgullo, la jactancia y la mentira. 

Todo esto que estamos conociendo en nuestro caminar pausado con la diosa, le otorga un enorme poder, por lo que debían realizarse diferentes ritos para lograr sus favores. Esta práctica, se ha denominado como el culto a Mari. Pero ¿Cómo se realizaba este culto?, pues bien, se han observado en diversas cavernas, peñas, monumentos megalíticos e incluso lagos o charcas la costumbre de arrojar piedras o monedas. En alguna de estas cuevas se observó la costumbre de recitar una oración mientras se lanzaban las piedras, como por ejemplo: “au iretzateta ni Jainkoarentzat” (esto para ti yo para Dios), en un claro intento cristianizador del culto. Por citar alguno de estos lugares, el túmulo de Gaztelueta en Aralar, el dolmen de La Chabola de La Hechicera o la charca de Ujué. Otra costumbre era la de llevar anualmente un carnero a la morada de la diosa. En Anboto se han llegado ha realizar hasta procesiones para rogar a la dama que no cayera pedrisco.

La vieja mitología, considera que la diosa tiene familia, su marido es Sugaar, la culebra mítica descomunal y aterradora, conocida como Maju en la zona de Azpeitia. Sus hijos son Atarrabi que representa el lado bueno, también conocido como Atarrabio u Ondarrabio. Y Mikelats, representante del lado malo, que al igual que la diosa, forma las tormentas, lanzándolas contra cosechas y rebaños con la intención de destruirlos. Son humanos, y ambos estudiaron junto a Atxular, en la cueva del Akelarre de Zugarramurdi, bajo la tutela de un diablo llamado Etsai. Llegaron a tener allí una cultura muy importante en lo relativo al mundo mágico, pero sobre ellos pesaba la condición de que al terminar los estudios, uno de los dos hermanos debería quedarse allí para siempre. En el momento fue Atarrabi quien se quedó, pero logró escapar del diablo, sin embargo, su sombra no pudo escapar y quedó en la caverna.

En varias leyendas se cita a dos o una hija de la diosa, que viven con ella en su caverna, sin otorgarles nombre alguno.

Hay varias leyendas procedentes de lugares como Ataun, Ordizia o Arano, vinculadas con la familia de Mari, donde se observa una representación de la confrontación entre la antigua religión y el cristianismo, lo que nos lleva a pensar que se trata de leyendas, posteriores en el tiempo. Cuentan como Mari se casó con un mortal, y tuvo siete hijos, a los que no bautizó, pues la diosa no era cristiana. Sin embargo su marido si quería hacerlo, y quiso llevarlos un día a la iglesia, momento en que la diosa voló envuelta en llamas a la montaña de Murumendi, gritando “Nee umeek zeruako, ta ni oían Muruako” (mis hijos para el cielo y ahora yo para Muro), entrando en la cueva de Murumendi.

Poquito a poco, caminando, casi sin darnos cuenta, hemos llegado a la vieja morada de la dama en Mendikute, quizás sea el momento de sentarnos en la boca de la caverna de la montaña, y con el permiso de la diosa, escuchar su antiquísima leyenda, que recopilara don José Miguel de Barandiarán, y que dice así:

“Un pastor cuidaba de sus ovejas en la montaña de Mendikute,, cuando le aquejó una terrible sed, buscó una fuente, pero lo que encontró fue una cueva en cuya boca, había una mujer vestida elegantemente, esta le preguntó a ver que buscaba, el pastor respondió que buscaba agua. ¿Agua? Le preguntó la señora, Querrás decir sidra. Tras lo que le ofreció una jarra llena de esta bebida. El pastor bebió y pareciéndole exquisita, preguntó a la señora de qué manzanas estaba hecha, la mujer contestó: “Con las que ha dado a la negación”.

Tal vez, llegado este momento, sea la hora de entrar en su cueva, de aceptar la invitación, que nos brinda, de saber un poquito más de todo este impresionante mundo mítico, eso sí, debemos respetar escrupulosamente una serie de regalos, de lo contrario, nos quedaremos para siempre cautivos de la diosa,…

. Nunca deberemos sentarnos en su presencia, aún cuando ella nos lo pida.

. Siempre nos debemos dirigir a ella en “hika”, es decir tuteándola.

. Se debe salir de la caverna de la misma manera en que entramos, esto es, si entramos de frente, debemos salir hacia atrás, sin dar la espalda al numen

. Nunca cogeremos nada del interior de la morada, ni siquiera al ver que el objeto deseado es de oro, al sacarlos al exterior, se convierten automáticamente en palos.

Hora es, ya, de dejar a la diosa en su feudo de la montaña, quizás encendiendo su chimenea, por lo que una espesa niebla cubrirá la cumbre de Mendikute, pero no es niebla, sino el humo de esta chimenea, señal inequívoca de que Mari está en Mendikute. 

Pero sigamos buscando más personajes de nuestra mitología, más viejas leyendas, contadas al amor de la lumbre, que tienen su particular huella en esta mágica montaña. 

JENTILES, LOS GIGANTES DE LA VIEJA MINA

Busquemos ahora a los gigantes por antonomasia, a los jentiles, que quizás se presten, también, a ser nuestros míticos guías, y enseñarnos sus arcaicos secretos.

Los jentiles o gentiles, son los gigantes mitólogos por antonomasia, poseedores de una fuerza descomunal, que habitaban las montañas, donde tenían su mágico feudo. Representantes y guardianes de los antiguos usos y cultos de nuestros ancestros. 

Su envergadura era tan descomunal que podían pasear por la mar sin mojarse la ropa, remangándose tan solo los pantalones, o que, para atarse los cordones, se debían sentar en una montaña apoyando los pies en otra. Eran muy aficionados a lanzar enormes pedruscos de un monte a otro, siendo un mito que se da en muchos lugares de Euskal Herria. Pertenecen al grupo de seres míticos, emparentados con otros personajes como Roldán o Sansón, de los que tendremos ocasión de hablar más adelante. 

Caminando en su compañia hemos llegado a la antigua mina de plata, explotada en tiempos de los romanos, que según cuenta la tradición, era morada de los gigantes de la montaña de Mendikute.

 Allí en este rinconcito, sabremos más sobre ellos, sus orígenes más arcaicos se pierden un poco en las brumas misteriosas de los tiempos, pudieran representar el viejo culto a las montañas, tan presente entre los vascos y otros pueblos de la vieja Europa. Este culto de origen animista, fue poco a poco adquiriendo una forma más reconocible, casi humana, surgiendo de esta forma el mito de los jentiles, seres que se resisten a descender de su feudo ancestral de las montañas.

Algunos estudiosos van más allá viendo en estos personajes el enfrentamiento entre el bien y el mal, el pasado con el presente, e incluso entre el poder establecido y el emergente. O entre la nueva religión, es decir el cristianismo, y los antiguos modos de vida.

En algunas leyendas, aparecen como seres terribles, que cuentan con un solo ojo en la frente, uniéndolos, así con Tartalo, el cíclope vasco, antropófago y terrorífico. De esta forma, a su vez, se unen con toda esa tradición europea de gigantes y ogros, desde las culturas clásicas, hasta las indoeuropeas.

No es muy habitual que aparezcan jentiles de género femenino, alguna leyenda nos las presenta como la habitante de las Gobas de Laño.

Y es precisamente con esta religión, con la que, diferentes leyendas vinculan a estos genios. Una de las formas más conocidas de relación entre ambos universos, es su vinculo con la llegada del cristianismo a tierras vascas, con la implantación de la nueva religión, terminando con ello su tiempo. Una conocida leyenda, nos cuenta esta relación:

“Hallándose un grupo de jentiles en el collado de Argaintxabaleta, situado en la sierra de Aralar, observaron que una extraña nube luminosa se aproximaba por oriente. Asustados acudieron al más anciano de los suyos para consultarle sobre el extraño fenómeno. El anciano gentil estaba ciego, y pidió a los suyos que le levantaran los parpados con una palanca de hierro, cosa que hicieron. Al ver la nube, el gentil exclamó: 

  • Ha nacido kixmi, ha llegado el fin de nuestra raza. 

Kixmi haría referencia a Cristo, es decir a la llegada de la religión cristiana, acto seguido pidió que lo arrojaran por un precipicio. Los jentiles cumplieron el deseo del anciano y acto seguido se ocultaron en el interior del dolmen de Jentillarri, ubicado en el collado de Arraztaran, en Aralar. Todos menos uno que bajó al pueblo a dar la noticia, era Olentzero”.

 Pero no solo están relacionados con la llegada del cristianismo a nuestra tierra, sino que se les suele presentar como opositores directos a la llegada de esta religión, puesto que terminará con todo su universo, por lo que intentan destruir los templos cristianos, lanzando grandes rocas desde las cimas de las montañas. Pero errando en el tiro, el proyectil no consigue alcanzar su objetivo quedando en mitad de las montañas donde aún podemos verlos.

Y es en esta relación con la nueva religión, donde vemos una clara intención de cristianizar el mito, donde vemos un intento de convencer a las gentes de las bondades de los nuevos usos, y de la necesidad de abandonar las antiguas creencias. 

Los jentiles son presentados por la nueva religión como seres tan ingenuos como enormes. Los humanos (cristianos), representados por un héroe culturizador, generalmente un santo, San Martin Txiki o San Martinico, roba los secretos del cultivo de cereales o de la fabricación de herramientas, indispensables para la evolución humana, saberes que estaban en poder de los numenes (viejos usos). Para ello, emplean la astucia, demostrando su superioridad hacia los jentiles.

En ocasiones, se les presenta como colaboradores con los humanos en la construcción de diversas iglesias y ermitas, pudiendo verse, aquí, quien sabe, una representación del sometimiento de los infieles a la nueva religión. Como ejemplo tenemos las iglesias de Ondarroa, La Antigua de Zumarraga, la de Opakua o la de Urdiain, entre otras.

Incluso algunas leyendas nos hablan de pilas bautismales donde se bautizaban a los jentiles, como la que había en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en tierras de Iturmendi, que actualmente la podemos ver en la parroquia de San Miguel, de la misma localidad navarra.

En algunas ocasiones deciden acercarse a los valles y aldeas, pero generalmente salen bastante mal parados en la aventura. Las viejas leyendas presentan esa confrontación entre el habitante del valle (nuevas formas de ver y entender la vida, representante de las nuevas tendencias y religiones), que utiliza su inteligencia para vencer la fuerza bruta de los habitantes de las montañas (representantes de las viejas forma y creencias). 

La mejor manera de presentar todo esto, es la siguiente leyenda de Urdiain:

“En una ocasión, los humanos, retaron a los jentiles a una serie de pruebas para demostrar quien era más fuerte. La primera de ellas era una pelea cuerpo a cuerpo, pero antes de comenzar, el humano tomó un queso fresco, y haciendo creer al jentil que era una piedra, lo desmenuzó con su mano mientras decía:

– Lo mismo pienso hacer contigo.

El jentil sorprendido, desistió de pelear. 

La segunda prueba, era el lanzamiento de un palo. Antes de comenzar, el hombre, le advirtió al jentil:

  • En lo alto de los montes de Etxarri, hay un rebaño de ovejas. Corre a decirle al pastor que las aparte, pues morirán todas cuando lance el palo.

De nuevo, el genio, impresionado, le perdono, dando al humano como ganador. 

La tercera consistía en ver quien era capaz de comer más. El hombre escondió bajo su ropa un pellejo de animal vacío, y fue echando la comida en él, simulando que comía. Como estaba tan hinchado, no podía andar con el pellejo, por lo que le clavó un cuchillo, y comenzó a caminar tranquilamente. El jentil que no se había percatado de la trampa, le preguntó:

  • ¿Y te encuentras bien habiéndote abierto el vientre?

El hombre le contestó que sí, por lo que el jentil, hizo lo mismo acuchillándose e hiriéndose de muerte. En ese momento exclamó:

– Sortu da jende txiki perrua, akabatu da jende umanua. (Ha aparecido la gente perruna, se ha acabado la gente humana).

En otras ocasiones los genios y humanos tienen relaciones amistosas que se tuercen por algún suceso, como el robo de un peine de oro por parte de los hombres, tras lo que los jentiles lanzan una terrible maldición sobre los humanos. En otras ocasiones las relaciones no acaban mal, incluso ayudan a los humanos, cuando estos les requieren, para diferentes tareas, como la de partera. 

Como ya nos han contado los genios, fueron colaboradores en la construcción de diferentes iglesias y ermitas, pero también se les achaca la construcción de numerosos monumentos megalíticos que pueblan nuestras montañas, como son los dólmenes, menhires o cromlechs. Pongámonos en la piel de un pastor neolítico, que con su rebaño transhumaba por las ancestrales rutas que pasan junto a estos monumentos de características gigantescas, la explicación a lo inexplicable pasaría por tener a esos antiguos habitantes de las montañas de fuerza descomunal, como artífices de semejante obra, aún hoy nos resulta admirable la pericia de esos constructores prehistóricos.

Muchos menhires, están en el lugar que actualmente ocupan, fruto del juego de los jentiles, muy aficionados a la pelota, según cuenta la tradición.

Un ejemplo es el menhir de Saltarri, en Aralar, que cayó allí al ser arrojado por un jentil, desde la montaña de Murumendi, donde varios jentiles jugaban a dicho juego.

SORGINAS AQUELARRES EN LA MONTAÑA

Nuestros pasos han ido descubriendo estos rincones míticos, y casi sin darnos cuenta, hemos acariciado con nuestras botas una imperceptible regata que baja de lo alto del cresterio. Cuentan las leyendas que en esta regatita, hoy seca, llamada Sorginerreka, realizaban sus aquelarres las brujas de la zona. Tal vez, podemos asomarnos a sus antiguos ritos, saber de aquellas mujeres y hombres conocedores de viejos usos, sabedores de las propiedades de las plantas y hierbas, a los que la locura inquisitorial quemó en las hogueras. Para ello, quizás debamos emplear aquella formula que dice: “sasi guztien gainetik, laino guztien azpitik” (por encima de todas las zarzas, por debajo de todas las nubes), de esta forma, mágicamente llegaremos al aquelarre, 

La sorgina, es fruto de un momento concreto, en que la Inquisición dejó su terrible impronta en nuestra historia. Juzgó y quemó a mujeres y hombres, que tan solo eran conocedores de viejos cultos, de la sabiduría natural, con falsas y alocadas acusaciones de connivencia con el diablo. No eran sino gentes que habían heredado los saberes que les legaron sus mayores, curanderos, que utilizaban hierbas para ayudar a los otros. En el trasfondo de todo ello, probablemente se escondan otros motivos, como el intentar eliminar resquicios de una vieja cultura y tradición, y de paso, poner a la mujer como alguien dañino, quizás para eliminar la importancia que tuvo en las viejas culturas.

Convertida en genio por los viejos cuentos de nuestra mitología. Malvada, fea, vieja, capaz de crear pócimas secretas que actúan en la vida de las gentes. Multitud son los cuentos que, desde algunos muy conocidos mundialmente, hasta otros acotados a nuestro entorno, nos presentan estos genios maléficos. Su origen, es más que probable, se encuentre en la persecución real que sufrieron las mujeres de carne y hueso, la mentalidad popular, las llevó al terreno de los cuentos, magnificando sus atributos y poderes. 

Genios nocturnos, capaces de volar, y servidores de la diosa Mari, con quien, en determinados lugares y narraciones, se llegan a confundir. También lo hacen con otro genio mitológico, las lamias. Se reunían en aquelarres, en determinados momentos y lugares predeterminados, algunos de ellos fueron cristianizados con ermitas. 

Sigilosamente, abandonamos el aquelarre, dejamos a las sorginas con sus viejos rituales, y regresamos. Allí queda Mendikute, al abrigo de nuestras viejas montañas, al calor de la tradición, de las viejas leyendas, de usos ancestrales, al abrigo de la belleza, seguirá emanando ese magnetismo inexplicable, al que no ni queremos ni podemos resistirnos quienes amamos los espacios abiertos y libres.

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Iñaki Alonso Administrador / Espeleologia

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