Su berriya, el fuego nuevo, gau beltza

En el paraje Aitzulu, en la muga entre Belauntza y Gaztelu, cerca de la txabola cupular de Timoteo Gabirondo, a 583 msnm, sacando fotos a Inonotus hispidus, la yesca peluda del fresno, me encuentro con Mariano, camionero jubilado de Belauntza que habitualmente se acerca por los alrededores de Erroizpe a cuidar unas yeguas. Mariano, excelente conversador, siempre en euskera, siempre encantador, pese al agotador trabajo que le espera, se toma el encuentro con esa envidiable y calculada parsimonia que se aprende sólo con la edad.

Esta yesca de bebé primero es una bola anaranjada, luego adquiere forma de sombrero peludo y fusiforme, y tras una espectacular esporada amarilla, termina su ciclo, negra como el carbón. Crece en fresnos que no llega a derribar, de mediados de julio a finales de agosto. En las islas británicas es una auténtica plaga.

Me cuenta Mariano que de chaval solían coger esa seta y la dejaban en la ganbara del caserío, para secarla y utilizarla con posterioridad en el ritual del fuego nuevo.

Este complejo protocolo litúrgico perfectamente medido y reglado, se celebraba el Sábado de Gloria; el sacristán en un rincón del atrio de la iglesia encendía con pedernal si lo había, el fuego nuevo, lumbre con la que a continuación prendían el cirio pascual y otras velas con las que se procesionaba el interior del templo.

Tras los rituales de oficio, la chavalería iba de barrio en barrio, de caserío en caserío, de casa en casa, ofreciendo el fuego nuevo, bien a cambio de unos reales si los hubiera, o de un pequeño almuerzo con el que disfrazar penas. Difíciles tiempos de economía de subsistencia, en las que era común tener encendido fuego en las casas con más o menos intensidad, 24 horas al día 365 días al año. Se ofrecía el fuego nuevo, y el viejo se sacaba de la casa, a veces solo unas pocas brasas.

Cada comarca, tenía su particular forma de transportar el fuego desde la iglesia a los muchos destinos que llegaba, por ejemplo, en roñosos botes de conservas, en astillas de madera o «illatie» en Orexa, en panochas de maíz o «koxkolak», en Belauntza o también en Errezil fue común como describe Fermín Leizaola la «ardagaie» o yesca.

La yesca más utilizada en muchos lugares para este ritual fue Fomes fomentarius o «Supizteko ardagaia» que crece en hayas que acaba estrangulando, muy común en el Aralar. Este hongo, bien seco y rayado prende fácil con pedernal, y además quema lento, despacio, lo que permite su transporte sin mayor dificultad. Resulta curioso que a pesar de que el hongo acaba colapsando el árbol, no actúa como plaga, clarea el bosque y permite medrar nuevos pimpollos de la vieja abuela haya, regenerarando la floresta.

La escasez de hayedos en algunas de nuestras comarcas, y la falta de yesca adecuada provocó que se transportara el fuego nuevo con sistemas tan poco ortodoxos como la mecha dinamitera, caso documentado en Zaldibia.

Como dice Mariano, “Dirua malkarrak zelaitzen”, el dinero bien que allana las cuestas, ritos y costumbres ancestrales que cambian y se transforman con los tiempos, una suerte de animar al sol a salir más temprano por el horizonte no sea que el invierno pierda el juicio y acabe hasta con la última alma del bosque, baserritik Gau Beltza.

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